REPORTAJES  /  ARQ. JUAN ANTONIO (DAGO) BALLESTER PEÑA
ARQ. JUAN ANTONIO (DAGO) BALLESTER PEÑA

Juan Antonio (Dago) Ballester Peña, desaparecido en el año 2006, se constituye indudablemente en un pensador visionario y referente de inmenso valor entre los urbanistas argentinos de los últimos 60 años. A fines de los años 60, Ballester Peña elaboró, asistido por un reducido equipo de colaboradores, el Esquema Director Año 2000, que preconizó la Organización del Espacio de la Región Metropolitana de Buenos Aires.

 

Las reflexiones que se reproducen a continuación pertenecen a su libro "La Organización del Territorio", publicado en 1986 por Eudeba, FADU.

 

Juan Antonio Ballester Peña recibió en el año 2002 el Premio Luis V. Migone, de la Academia Nacional de Ingeniería, por su trayectoria en Urbanismo.

 

Claude F. della Paolera

LA ORGANIZACIÓN DEL TERRITORIO

Consideraciones finales

La ciudad es un elemento privilegiado del crecimiento económico y, en cierto modo, lo condiciona; es el espacio que por un lado, reúne un gran número de actividades productivas, y por el otro, es soporte y proveedor de servicios y bienes para todos los agentes de la economía. El desarrollo de las regiones pasa por sus ciudades, las diferentes redes urbanas nutren con sus actividades todo el territorio y sus componentes configuran verdaderas estructuras receptivas aptas para la acción regional, la creación de empleos, la admisión de población y la descentralización.

 

En este sentido conviene tener presente las perspectivas que se abren a la práctica de un urbanismo operativo, y que permitirían concretar los grandes lineamientos enunciados en el Sistema de opciones:

 

a) La modernización de las tareas agrícolas en las regiones más pobladas del territorio provoca disponibilidades de población activa, apta para la industrialización de los recursos naturales en los sistemas regionales de ciudades; mientras que grandes áreas que nunca podrán alcanzar una densidad demográfica importante, sólo habrán de lograr su valorización económica mediante la jerarquización de sus actuales centros urbanos y la creación de otros nuevos.

b) La estabilidad de los distintos sistemas de producción agrícola está estrechamente vinculada a los servicios que puedan prestar los centros menores del armazón urbano a la actividad de las ciudades intermedias, a nivel de la red vial secundaria y a las comunicaciones.

c) Las actividades motrices, las industrias más dinámicas, buscan localizarse en las áreas urbanizadas en razón de la red de economías externas que ofrecen, de su significado como mercado de mano de obra y de consumo, de las posibilidades que habrá de ofrecer en el futuro el comercio exterior; y generan a su vez servicios que contribuyen a desarrollar los centros que irradian sobre las región que los rodea.

d) Las grandes infraestructuras –puertos, aeropuertos, terminales de transporte, centros de ruptura de cargas- definen localizaciones atractivas para el desarrollo de actividades urbanas (zonas industriales y administrativas, equipamientos especiales, centros comerciales) y la yuxtaposición de distintos medios de transporte determinan ejes preferenciales que orientan espacialmente las urbanizaciones.

 

En resumen, el urbanismo concebido como una gran estrategia, como una política voluntaria y activa que comprende un amplio espectro de operaciones, procedimientos, estudios e investigaciones, constituye una de las estructuras fundamentales para la Organización del Territorio y la reactivación de las regiones.

 

La promoción de las diferentes categorías de ciudades, para que puedan cumplirse los propósitos relativos a un mejor equilibrio de la población y actividades en el espacio nacional, supone asignarle funciones, dotarla de equipamientos de jerarquía, organizar su crecimiento, y desarrollar sus respectivos Centros Direccionales.

 

En muchos pasajes del texto hemos hecho referencia al excesivo peso de la región metropolitana de Buenos Aires respecto a la población total del país y, sobre todo, respecto a la población urbana. Es más, hemos expuesto ese predominio como un motivo principal que hace necesaria la formulación y la práctica de una política de ordenamiento de todo el espacio nacional. Aspecto que, justamente, puede se revertido mediante la canalización de las migraciones interiores hacia otras ciudades y regiones; lo cual equivale a inducir el fortalecimiento de todo el Armazón urbano nacional, la creación de nuevos “hogares industriales” en sus componentes y la implantación de parques científicos capaces de abrir nuestras puertas a la era tecnológica característica de la tercera revolución industrial en expansión creciente. Pero por otro lado, conviene reiterarlo con énfasis, el freno de Buenos Aires no debe – de ningún modo – significar el menoscabo de su rango internacional, lo cual implica ordenarla y equiparla. No se trata de desvitalizar la Capital sino de revitalizar las provincias; reforzar la complementariedad y afirmar la concordancia.

 

Cerca del 85% de la población nacional vive en las ciudades. Entre los años 1960 y 1980 se incorporaron a la vida urbana 8.500.000 habitantes. Este fenómeno irreversible, esta voluntad de vivir en ciudades que caracteriza a la sociedad argentina, determinó, además, que los más altos porcentajes de población que migró desde los medios rurales y aún de las ciudades pequeñas y los centros de servicios, se orientaran hacia las grandes aglomeraciones: Rosario, Córdoba, Mendoza, La Plata, Tucumán, Salta, Bahía Blanca, Mar del Plata, y hoy lo hacen hacia las dinámicas ciudades medianas que superan los 100.000 habitantes.

 

La descontrolada tendencia al crecimiento de las ciudades mayores y, en general, de todas las capitales comerciales, ha provocado indeseables situaciones: importantes recursos inmóviles, zonas inestables, fronteras inactivas, espacios despoblados.

 

Ello pone en evidencia que las disparidades regionales no obedecen tan sólo al excesivo poder ni a los efectos de la concentración de Buenos Aires. En efecto, muchos países lograron mediante inteligentes y tenaces decisiones, reorientar los movimientos migratorios internos, estimular los desarrollos regionales, equilibrar sus redes de servicios y frenar el crecimiento –en su momento desproporcionado- de las ciudades capitales, sin menguar su condición de centros privilegiados.

 

En lo que concierne a la llamada Región Metropolitana, es importante destacar que no se trata de una entidad homogénea ni el resultado de la prolongación de la ciudad de Buenos Aires fuera de sus límites, en razón de su saturación demográfica o de su congestión económica. La aglomeración policéntrica que reclama un tratamiento urbanístico de conjunto a fin de conferirle orden, estructura, funcionalidad y composición, tampocoi constituye un fenómeno perverso; por el contrario, contemplada y organizada con una visión amplia, de largo alcance, su existencia equivale a disponer de una carta de triunfo en el concierto de las poderosas metrópolis mundiales que concentran inteligencia, estimulan el desarrollo de altas tecnologías e irradian innovaciones.

 

Por otra parte, la tendencia que muestra hoy es declinante: no sólo en razón que su crecimiento se mitiga espontáneamente sino por hechos por demás positivos, no reparados por la aguda atención que los mismos merecen: su centro nerviosos, la Capital Federal, mantiene intacta su dotación demográfica –poco menos de 3 millones de habitantes- desde el año 1947 hasta la fecha; la desaparición gradual de establecimientos industriales de su territorio ha contribuido a mejorar de un modo considerable el ambiente; la calidad residencial, al reducirse a índices óptimos el nivel de hacinamiento, ofrece condiciones de vida atractivas; y además, las 400 hectáreas que va conquistando al río pueden posibilitar el sustantivo mejoramiento de su centro, la creación de una moderna Área Central de actividades terciarias, la instalación de nuevos complejos administrativos, institucionales y culturales, ligados eficazmente con cualquier punto del territorio gracias al sorprendente desarrollo de la telemática.

 

Las reflexiones acerca de la Organización del Territorio, la justificación de su necesidad, la definición de sus objetivos y sus opciones sirven de soporte para la adopción de una política urbana cuyos lineamientos generales involucran dos líneas de acción simultáneas y convergentes:

 

a) Multiplicar el poder de atracción de las diferentes categorías de ciudades –los puntos fuertes del territorio, aquellas entidades que articulan el medio urbano con los ambientes rurales, los centros de servicios y su nivel de base- a fin de encauzar las migraciones, estructurar las áreas preferenciales de urbanización y estratificar los equipamientos terciarios en todo el espacio nacional.

b) Frenar el crecimiento demográfico de la Región Metropolitana y organizar su propio espacio con el fin de mejorar su eficacia, establecer un cuadro de vida calificado y multiplicar su poder de irradiación continental.

 

A poco de atravesar los umbrales del tercer milenio, una Argentina de más de 40 millones de habitantes puede alcanzar, a imagen de los logros obtenidos en otros países, el cumplimiento de los mencionados objetivos, lo cual habrá de suponer, simétricamente, la reducción del peso demográfico de la Región Metropolitana y la natural disminución de su gravitación económica sin perder sus mejores atributos y potencialidades. Luego, todo dramático alegato en su contra carece de sentido.

 

Finalmente creemos que es de fundamental importancia tener presente las relaciones finales que necesariamente deben existir entre la Organización del Territorio y el comercio exterior, y por ende, las exigencias que impone la intención de competir, abrir mercados y colocar producciones rentables. Sin expansión económica la Organización del Territorio puede asimilarse a una simple tarea de conservación y mantenimiento.

 

Buenos Aires, 9 de Septiembre de 1986.

 

Arq. Juan Antonio Ballester Peña.


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